—¡Oh, callad, Piedad, callad, y no desconfiéis nunca de la Providencia! ¿No tenéis en mi una prueba bien clara de su infinita bondad y misericordia? Cuando yo me creía sola, desamparada y a merced de un hombre inicuo, ¿no me depara a vos que venís a sacarme de este infierno para volverme al lugar de donde tan cruelmente fui arrancada? ¿No veis en todo esto, querida amiga mía, la poderosa mano de la justicia divina?
—¡Oh!, ciertamente.
—Pues entonces, ¿por qué dudáis?
—Tenéis razón: esperaré y...
—Escuchadme —repuso doña Beatriz interrumpiendo a la gitana.
—Hablad, señora, hablad, que vuestras palabras son otras tantas gotas de benéfico bálsamo para mi enfermo corazón.
—¿Desearíais que no se efectuase el duelo que ha de tener lugar entre vuestro amante y el mío?
—¿Que si lo deseo, decís? Daría la mitad de mi vida porque tal sucediese.
—Lo creo con tanta mas razón cuanto que esa lucha funesta ha de ocasionar precisamente sangre y desgracias. Cuál sea la víctima bien lo podéis colegir; porque en este género de combates, Piedad, también se ve clara y patentemente la mano de Dios.
—¡Ah!, señora; y el conde, el padre de mi hijo...