—Por eso —repuso la de Robledo— es preciso que hagáis cuanto de vos penda para que no se efectúe ese desafío, en el cual seguramente saldrá don Lope vencido, y por consiguiente muerto.
—¡Oh, qué horror, Dios mío!
—Vos habéis dado ese paso en un momento de ofuscación y por eso no reflexionasteis un instante sobre sus dolorosas consecuencias. Un solo medio hay de salvarlo...
—¡Decidlo, decidlo pronto, por Dios! —exclamó Piedad impaciente.
—Es preciso que os retractéis de cuanto habéis dicho; de lo contrario todo está perdido...
—¡Oh, sí, sí, lo haré aunque yo deba ser castigada por calumniadora! Pero ¿y vos, señora, y el de Carvajal?
—Tranquilizaos en cuanto a nosotros. Yo os doy palabra de que mis labios nunca pronunciarán el nombre de mi raptor: a don Juan y a todo el mundo haré creer que no he conocido a los perpetradores de tamaño atentado. En fin, forjaré una relación que en nada se parezca a la real y positiva, y de ese modo no se sabrá nada jamás.
—¡Oh, cuánta bondad, cuánta abnegación!
—Y vos, querida amiga, ¿no os exponéis terriblemente por sacarme de aquí?
—Sin embargo, señora, vuestro sacrificio excede con mucho al mío...