La gitana y doña Beatriz permanecieron largo rato calladas, sumergidas en hondas meditaciones. En la estancia reinaba el más profundo silencio, interrumpido de vez en cuando por largos y lastimosos ayes que lanzaba Piedad de su pecho. Su cerebro estaba embargado por multitud de ideas que unas tras otras se le agolpaban. En el mismo caso se hallaba doña Beatriz. Pero ¡cuán diversas eran las imaginaciones de Piedad de las de la amante del infanzón del rey! La primera tenía por único patrimonio un porvenir nebuloso, y un presente de lágrimas y remordimientos. La segunda, por el contrario, todo lo veía risueño, placentero, todo henchido de felicidad y bienandanza: y ¿cómo no ser así? A la horrible tempestad que había bramado sobre su cabeza, debía suceder forzosamente una calma apacible. Este pensamiento no carecía de lógica; mas por desgracia el porvenir de doña Beatriz estaba preñado de lágrimas, de luto y desesperación. Pero no anticipemos los sucesos; ellos se irán desprendiendo de nuestra mal cortada pluma a medida que el orden natural de las cosas lo requieran.

Un golpe dado con suavidad en la maciza puerta de hierro sacó a la gitana de su letargo, y dijo a su amiga, disponiéndose a partir:

—Es la señal: no puedo permanecer con vos más tiempo.

—¡Cielos! —exclamó doña Beatriz, pálida como un difunto—. ¿Vais a dejarme? ¿No me llevaréis con vos? ¡Oh!, ¿qué sería entonces de mí?

—Tranquilizaos: todo cuanto os he ofrecido lo cumpliré; pero aguardad el momento oportuno; esperad un día más, amiga; y mientras tanto, estad tranquila. Yo os ofrezco, en nombre de Dios trino y uno, que nada, nada absolutamente os sucederá.

Simeona, que se hallaba escuchando toda la conversación de la gitana y doña Beatriz, sacó la cabeza de su escondite y se sonrió malignamente.

La de Robledo se arrojó en los brazos de Piedad, vertiendo copiosas y sentidas lágrimas.

—¡Oh!, sí, no lo dudéis —repuso esta, visiblemente conmovida.

A poco tiempo se separó de doña Beatriz y se dirigió a la puerta. Allí la esperaba el médico de Fernando IV.

Al llegar a la habitación donde Aben-Ahlamar trabajaba, y que ya conoce el lector, dijo a este en tono de mal humor: