—¡En verdad —repuso este sorprendido— que es raro todo cuanto hoy me pasa!

—¿Y pensáis faltar?

—¡Oh, no, he dado mi palabra! Pero ¿qué me decís de esto?, ¿qué opináis?

El judío se encogió de hombros.

—¡Ay, Aben-Ahlamar, qué cruel sois conmigo! —dijo el joven caballero con sentimiento.

—¡Cruel, dices, señor! ¿Y por qué?

—Porque vos, que tan sabio sois y todo cuanto queréis saber lo veis escrito en el cielo, no me decís nada...

—Para, para ahí, señor; que si no te digo ahora el resultado de esa cita, es porque he llegado a dudar de mi ciencia, en vista de que la primera vez que me buscaste para que te dijese el paradero de tu dama, te engañé, porque yo también fui engañado.

—En ese caso, perdonad, y decidme si será ya hora de acudir al paraje de la cita.

—Sí, don Juan, dirigíos hacia allí, porque el sol se ocultará muy pronto