El infante don Juan contestó a su sobrino con tono risueño.
—Eh, señor, no merece la pena la momentánea ausencia que vamos a hacer de Castrojeriz, para que tu alteza se entristezca de este modo.
—Sí, sí, tenéis razón —dijeron a una todos los caballeros.
—¿Qué, volveremos? —preguntó el rey a su tío lleno de alegría.
—Volveremos, señor, y vuestra alteza unido para siempre a la linda Constanza.
El intruso tosió fuertemente.
—Ah, padre mío —dijo don Fernando, conociendo a su confesor—, no os he visto desde esta mañana: ¿qué habéis hecho?
—Orar por tu felicidad y la de tus pueblos, mientras tu alteza se divertía en la persecución de la inocente corza y del fiero jabalí —contestó el anciano echando sobre sus hombros la capucha del hábito que vestía.
—¡Y sufres esto, señor! —exclamó el infante dando una fuerte puñada en la mesa y lanzando una torva mirada en el venerable abad de San Andrés.
—Sois, infante don Juan —repuso con la mayor mansedumbre el anciano—, poco dueño de vuestros impetuosos arranques, y si no os enojaseis os diría cómo debéis tratar otra vez a un anciano que no ha sido nunca traidor a su patria ni a su rey.