El infante se mordió los labios de despecho, y hubiera contestado a la fría impasibilidad del confesor de don Fernando, si este no se levantara y repusiese al instante:
—¡Silencio!
—Señor —se apresuró a decir el abad—, pido a tu alteza mil perdones si he proferido alguna palabra que te pueda haber ofendido.
—No, ninguna, padre mío.
El anciano se acercó al rey y le besó con respeto una de sus manos. Viendo esto don Fernando, dijo conmovido:
—Bien sabéis, padre mío, que os quiero.
—¡Oh, gracias, gracias noble rey! —exclamó el abad radiante de alegría.
Y procurando herir enteramente a los irreconciliables enemigos de doña María continuó de esta suerte:
—¿Me permitirá tu alteza, ya que nunca has dudado de la lealtad de mis intenciones, darte un consejo hijo de mi experiencia y mi mucho amor que hacia ti y hacia tu augusta madre tengo?
—Si, padre mío, hablad, que con el mayor placer os escucho.