—Pues bien, señor, tenía que decirte que equivocados o torcidos consejos te arrastran irremisiblemente a un hondo precipicio que tu poca edad desconoce: ¡vuelve en ti, hijo de Sancho IV!, ¡vuelve en ti y acuérdate de lo que debes a tu desgraciada madre!

Un murmullo de desagrado reinó por algún tiempo en la tienda. El abad se apresuró a decir:

—Cesad, caballeros, que mis palabras no acusan más que a dos.

Todas las miradas se fijaron a un tiempo en el infante y el conde de Lara. Sus rostros permanecieron sin alterarse, pero sus pechos rugieron a un tiempo de cólera.

El rey se puso de pie y gritó, esforzando la voz cuanto pudo para que apareciese más varonil de lo que era en realidad:

—Mi armadura, Hernando, que vamos a partir.

En el rostro del conde y de su amigo brillaba la alegría y el triunfo.

Dejose poner el monarca, de manos de su paje favorito, la loriga y demás arreos de la armadura, y después salió de la tienda diciendo a sus cortesanos:

—A Castrojeriz, señores.

Media hora después de lo que acabamos de referir, veíanse sentados en magníficas y cómodas poltronas, disfrutando del calor que despedía un hogar de mármol blanco lleno de encendidos leños, al rey y a sus consejeros el infante y el conde. Una lluvia fuerte y obstinada, empujada por un aire que parecía querer arrancar al edificio de sus cimientos, hacía ya rato hería los oídos de los tres personajes que se calentaban sin mirarse y sin dirigirse ni una sola palabra.