Moviose don Fernando en su poltrona, que era la de en medio, y dijo a sus ministros con aire de mal humor:
—¡Por santa Polonia, que no he conocido una noche peor que esta! Ahora que yo quería marcharme cuanto antes de este maldito villorrio, se empeña el tiempo, alborotado sin duda por las brujas, en que no salga de aquí. Pero mañana, esté como quiera el tiempo, dispondréis, señor mayordomo mayor de mi casa, los preparativos necesarios para emprender sin demora la marcha a Valladolid.
—¡A Valladolid! —exclamó sorprendido el mayordomo, conde de Lara.
—Sin duda —repuso el rey acariciando su pequeño bigote.
—¿Pues no dijo ayer mismo tu alteza —insistió el conde— que tu enlace con la hija de don Dionisio se celebraría en Burgos?
—Oh, mi matrimonio, mi matrimonio se efectuará cuando mi querida madre disponga. Para el efecto quiero verla cuanto antes.
La derrota no podía ser más completa. Así lo comprendieron los dos amigos y ambos se creían perdidos si el rey volvía a poder de su buena y desinteresada madre. El conde miró a don Juan, y este dijo a su sobrino con tono doliente e hipócrita:
—He llegado a comprender, señor, que estáis descontento con nosotros.
El rey guardó silencio.
—Si es así —continuó don Juan—, dígnate decirlo para no importunar tu atención con consejos que tu alteza cree contrarios a tu causa. ¿Pueden, señor, hacer más estos tus servidores que devolverte la majestad y el poder que la desmedida ambición de tu madre te tenía usurpado? ¿Pueden haber hecho más que librarte de la vergonzosa tutela de una mujer que además de quererte arrancar la corona que ciñe tan justamente tu frente, ganada por tu padre y mi hermano don Sancho, de feliz recordación, ha malversado tus rentas y desmembrado parte de tus reinos para recompensar a los que le ayudaban en su política?[1] ¿Te has visto al lado de tu desnaturalizada madre rodeado de tanto esplendor como ahora te cerca? No: pues, entonces, ¿qué quieres de nosotros? ¿Nuestra sangre? Hace ya tiempo que la hemos derramado por ti, y dispuestos estamos a derramarla de nuevo siempre que sea por tu bien y felicidad. Mira, don Fernando, si quieres ser tan buen rey como tu bisabuelo don Fernando III, tan sabio como tu abuelo don Alfonso X, mi querido padre, y tan estimado como el tuyo, sé magnánimo con todos, justiciero, humano con el vencido, desecha ese carácter irascible que a veces tienes, recompensa a los que bien te sirven y no des oído jamás a los que se entretengan en malquistarte con tus vasallos. Si sigues esta marcha, que aunque mal trazada es la de la razón y la de la justicia, serás bendecido en vida y llorado en muerte.