Nada bastó. Las dos espadas se cruzaron con violencia.

Desafío entre el conde de Haro y don Juan Alonso Carvajal

Reñido fue, en verdad, el combate: en ambas partes había serenidad y valor; los dos combatientes conocían bien el arma que manejaban. Pero fuese que la suerte favoreciese al de Carvajal, fuese que el conde se descuidara, la espada de don Juan se introdujo con la mayor sutileza en el pecho del señor de Santa Olalla.

El cuerpo de don Lope rodó un buen trecho por el pavimento, anegado en su propia sangre.

La gitana se precipitó sobre él, exclamando con doloroso acento:

—¡Don Lope, amor mío!... ¡Ah, no responde!... ¡Maldición, maldición, don Juan!

Este cogió en brazos a doña Beatriz, que aún permanecía desmayada, y se internó con ella en el subterráneo por donde había entrado.