—¡Oh! —repuso este, loco de contento—. ¡Me alegro de encontraros, don Juan!

—Y yo a vos..., pero defendeos, defendeos, ¡voto al diablo!

—Perdonad —dijo el conde con la mayor calma—, pero como vuestro hermano don Pedro me ha desafiado a muerte, y le he dado palabra de no batirme con nadie hasta que se efectúe el reto que con él tengo pendiente...

—¡Mi hermano, habéis dicho!

—Sí; vuestro hermano me dijo, a poco de habernos desafiado delante del rey, que si salía con vida en vuestro desafío, me retaba a muerte; y como este no se ha efectuado, vuestro hermano don Pedro tiene el derecho de primacía.

—¡Defendeos, conde de Haro, defendeos o de lo contrario os asesino! —dijo don Juan, ciego de cólera y sin hacer caso de las palabras de don Lope.

—Ya os he dicho que no puedo faltar a la palabra que a vuestro hermano tengo dada.

—¡Cobarde! —exclamó el de Carvajal indignado.

—¡Cobarde!, juro a Dios, señor hidalgüelo, que no me lo habéis de decir dos veces —repuso el conde, sacando de pronto su acero.

—¡Ah, teneos, teneos por Dios! —exclamó la gitana poniéndose entre los dos enemigos.