—¿Qué me he hecho sin vos, decís?... ¡Ah, llorar noche y día, llorar continuamente!... Pero ya que os veo, ya que estáis aquí para no separaros jamás de mi lado, todo se ha concluido, no nos acordemos de lo pasado, no evoquemos recuerdos tristes y desoladores. Olvidemos, don Juan amado, olvidemos y perdonemos a un tiempo, ¿no es verdad?
—¡Cuán buena eres, ángel mío! —exclamó el noble infanzón del rey, llevándose la diestra de Beatriz a sus labios.
Esta palideció de pronto. Su amante le dijo asustado:
—¿Qué tenéis, amada mía, qué tenéis?
Fuera de la estancia se oía ruido de pasos y espuelas.
—¡Huyamos! —dijo Piedad, más pálida y temblorosa que Beatriz.
—Es ya tarde —repuso una voz bien conocida de la gitana.
Y penetró en la morada de la de Robledo un hombre desencajado de cólera.
Beatriz cayó desmayada al verlo. Piedad se apresuró a cubrirse el rostro. Don Juan, desenvainando su espada, exclamó furioso:
—¡Venganza, infame conde de Haro, venganza!