—¡Don Juan! —repuso esta precipitándose en los brazos de su futuro.
—¿Y nada, nada hay para mí, doña Beatriz? —dijo Piedad descubriéndose el rostro.
—¡Ah!, perdonadme, mi buena amiga —contestó la amante de don Juan separándose de este y llenando de besos y caricias a la gitana.
Fueron tantas y tan expresivas las tiernas protestas de los dos amantes que Piedad lloró conmovida.
—¡Oh, no es un sueño!... ¿Eres tú verdaderamente? —dijo la de Robledo tocando a su amante, como dudando de lo que veía.
—¡Sí, yo soy, ángel mío! Yo, que vengo a estrecharte veinte veces contra mi pecho... Yo, tu don Juan, idolatrada Beatriz; tu amante que solo vive por ti y para ti.
—¡Ah, qué felicidad tan grande es amar y ser amada! —exclamó la dama de doña María Alfonsa, llorando y riendo de alegría.
—Y dime, hermosa mía, ¿qué te has hecho aquí sin tu amante? ¿Quién te ha traído?
Piedad miró a doña Beatriz, y le dijo en voz baja y suplicante:
—¡Callad, callad por Dios, amiga querida!