Juffep se acerco a un armario de madera negra que estaba cubierto con una cortina, y sacó de entre otros un voluminoso legajo de pergamino, lleno de gruesos caracteres.

—Toma y habla ya —dijo poniéndolo en manos de Simeona.

Esta le contó después todo lo que había oído a su nieta en el subterráneo, no olvidándose de la palabra que Piedad dio a doña Beatriz de sacarla cuanto antes le fuese posible de su prisión.

—De manera —añadió la vieja— que si conoce el camino subterráneo que hay desde la prisión de la de Robledo hasta la arboleda que se extiende al pie del alcázar, estamos perdidos sin remedio.

—Sí, lo conoce; pero no temas. De todas suertes, el aviso es muy importante.

Cuando el de Carvajal salió de la estancia del judío, después de haberle hecho leer el billete de que ya tienen noticia nuestros lectores, exclamó Juffep, dándose una palmada en la frente: «¡Cáspita!, hoy es el día que ha elegido Piedad para libertar a doña Beatriz. ¡Oh, oh, no hay tiempo que perder!».

Con efecto, Piedad era la misma que había citado al de Carvajal; Piedad era la misma que, fiel a su promesa y deseando arrancar a Beatriz de manos del conde, había penetrado por el agujero practicado en la tierra.

El ofrecimiento de la gitana sirvió para que Beatriz mejorase visiblemente. Desde que concibió la dulce idea de verse libre de su encierro, sus ojos tenían más brillo, sus mejillas llegaron a teñirse de un ligero carmín y sus labios se desunían de vez en cuando para dejar escapar una sonrisa de placer. ¡Oh, lo que es vivir con una esperanza lisonjera!

Sentada estaba la de Robledo, pensando en la felicidad que le aguardaba, cuando vio en la estancia dos personas que se habían aparecido como por encanto.

—¡Beatriz! —exclamó el de Carvajal al ver a su amante.