—Mira, Simeona —dijo el judío asustado con las palabras de la vieja—, te doy por ese secreto tantas monedas de plata como te quepan en tus dos manos juntas.
—No quiero dinero: quiero lo que ya te he pedido.
—Te doblo la cantidad. ¿Aceptas?
—No —repuso Simeona inexorable.
—Pues bien, guárdate tu secreto, que poco me debe importar a mí.
—¡Poco, pobre Aben-Ahlamar, yo sí que doy poco por tu vida!
El judío palideció de miedo.
—¿Me los das? —insistió Simeona.
—¿Y qué harás con ellos, si no sabes leer?
—Tenerlos en mi poder: ¿no son de mi querida nieta?... —repuso la vieja con malicia.