—¡Qué te he de dar, bruja maldita! —repuso Aben-Ahlamar encogiéndose de hombros.

—¡Oh!, pues entonces yo me marcho con mi secreto... Pero te advierto, querido mío, que pierdes más que ganas.

—Habla, habla pronto si quieres.

—¿Cuánto me das? —dijo Simeona implacable.

—Di qué quieres —repuso el judío lleno de curiosidad.

—Poco, me contento con muy poco...

—Acaba.

—Pues en ese caso, dame los papeles que revelan el nacimiento de Piedad.

—¡Primero todo mi tesoro!

—¿Sí?, pues teme la ira del conde de Haro.