Cumplió al pie de la letra la gitana Piedad la palabra dada a doña Beatriz de que el conde de Haro no volvería a incomodarla. Con efecto, el judío dijo al conde, un día que este se presentó en su morada, que la amante de Carvajal se hallaba en un estado tal de decaimiento y languidez que cualquier impresión desagradable que tuviese podía ser de funestas consecuencias. Convenciose don Lope y respetó por entonces la situación de su víctima, más por interés suyo que de ella. Esta vez quedó Piedad muy contenta de Aben-Ahlamar.
Dijimos, casi al final del capítulo XII de esta verdadera historia, que al ofrecer la gitana a su amiga Beatriz que, en cuanto tuviese ocasión, la libraría de su penoso cautiverio, Simeona, que había oído toda la conversación, sacó la cabeza de su escondite, sonriéndose malignamente. Pues bien; así que Piedad se separó del judío, presentose la abuela de esta y le dijo, restregándose las manos de alegría:
—¡Grandes noticias, amigo mío, grandes como ellas solas!
—Habla y las sabré.
—¡Oh, oh, hablar...! ¿Te parece a ti que no hay más que hablar así?... ¿Te parece bien que yo te diga todo lo que pasa sin más ganancias que unas tristes gracias?...
—Muy gordas serán esas noticias —interrumpió el judío— cuando andas con tantos preámbulos.
—Algo dieras por saberlas.
—Vamos, ¿acabarás hoy?
—¿Cuánto me das y te lo digo todo?