—¿De qué sirve, padre mío, que se castigue al conde y a todos los revoltosos que tanto nos inquietan, si después quedan sus familias y sus deudos para vengarlos? ¿Cuánto más vale que frustremos todos sus proyectos, que sofoquemos como hasta aquí todas sus asonadas y motines? No lo dudéis, señor, llegará día, viendo que sus mejores proyectos fracasan, que todo lo olvidarán y se dejarán de todo. Ahora bien, si desgraciadamente persisten, si continúan siendo hijos espúreos de la patria, ¡oh, entonces se hará un ejemplar! Pero lo que es ahora, temo, temo extraordinariamente las consecuencias de cualquier determinación fuerte que se tomase.

—Bien, bien, señora, es tu voluntad y lo es mía también, aunque conozca lo contrario.

—Lo que os pido, padre mío, por todo lo más sagrado del mundo, es que no perdáis de vista ni un solo instante al conde de Haro, ahora que se halla bueno de su herida. Todo cuanto sepáis de su proyecto de venganza venid a decírmelo para que obremos de consuno. Yo no perderé de vista tampoco al infante y a los demás enemigos del rey. ¡En mal hora naciste, pobre hijo mío! —exclamó la reina arrasándosele los ojos en lágrimas—. ¿Por qué es tan desgraciado, Dios mío?, ¿por qué es tan poco querido de esos orgullosos grandes, cuando su alma es tan hermosa, su sonrisa tan dulce y su carácter tan amable? ¿Está decretado, señor, que mientras dure su peregrinación en este valle de desgracia y lágrimas, ha de estar siempre amenazado?

—Tranquilizaos, reina, tranquilizaos, y tened confianza en Dios.

—¡Ah, padre mío, si se efectuase el pronóstico de los astrólogos, sí doña Constanza diese a luz un varón, oh, entonces sí que descansaría, entonces sí que se ahogaría para siempre ese funesto deseo de reinar que abrigan la mayor parte de los revoltosos! ¡Dadme este gusto, Dios mío!

—Creo que lo tendréis, doña María, porque Dios no consentirá que triunfe el malvado; y porque ya es tiempo de que la justicia divina levante el entredicho que sobre este desgraciado país lanzó en tiempo de vuestro suegro, don Alfonso X.

—¡Siempre lo mismo! —exclamó doña María con amargura.

—Mientras dure, señora, la maldición que pesa sobre los reyes de Castilla, será este país desgraciado —repuso el anciano con tono grave.

Y dando a besar el abad su diestra a la reina, salió de la estancia.