CAPÍTULO XVII.

En el que verá el lector lo que hizo el conde de Haro, así que se vio bueno.

Los gritos y exclamaciones de Piedad lamentando la muerte del conde de Haro, hirieron que Aben-Ahlamar, única persona que podía acudir en socorro de la gitana, bajase al subterráneo donde tuvo lugar el duelo entre don Lope y el de Carvajal. Cuál sería la sorpresa del judío al encontrar al famoso conde de Haro en aquella situación y solo en el subterráneo con Piedad, que no cesó de decir:

—¡Gran Dios de Abraham, qué es lo que veo!

—¡Maldición, maldición, don Juan! —volvió a decir la gitana al ver al judío.

Pasose el nigromántico una mano por los ojos como dudando de la realidad de lo que veía, y repitió al cabo de un rato, haciéndose cruces con ambas manos:

—¡Gran Dios de Abraham, qué es lo que veo!

—¡Sálvalo, Aben-Ahlamar, sálvalo! —dijo la gitana medio frenética y procurando atajar con sus manos la sangre que de la herida salía a borbotones.