Juffep pulsó a don Lope y meneó la cabeza en señal de que ya era tarde. Pero como Dios es dueño absoluto de los hombres y dispone a su arbitrio de la vida de estos, dio un solemne mentís a la ciencia y sabiduría de Aben-Ahlamar. El conde de Haro curó completamente y volvió, luego de restablecido, a su vida de infamia.

Digamos ahora algo de lo que Piedad hizo con don Lope, durante la enfermedad de este.

Aquella infeliz mujer, que cada día le amaba con más delirio, fue para el conde más que una madre cariñosa. Ni un momento se apartó del lecho del que había sido su amante, y con su mucho cuidado y esmero le tornó a la vida. Pero este hombre, que aun en la agonía hablaba de sangre, se acordó, cuando bueno, de que la mujer que con su tierna solicitud le había asistido estaba señalada en el libro de sus venganzas. Piedad lo había acusado y ultrajado a presencia del rey y de toda la corte; Piedad había librado a doña Beatriz de su venganza; Piedad le había quitado, durante la enfermedad, su hijo, el único ser a quien el conde de Haro amaba verdaderamente. Por consiguiente Piedad debía morir; al menos así lo creía don Lope.

—Pero no —decía con feroz alegría—; sería para ella demasiada felicidad morir pronto..., ¡padecerá, padecerá un poco antes!

Y un día que estaba sediento de sangre, se dirigió a la habitación del judío, donde vivía Piedad con su hijo.

El conde penetró en la morada del sabio a la sazón en que este había salido. Solo estaba la gitana, que le dijo con buen modo al verlo:

—¿Buscabais a Juffep, señor?

—¡No, que te busco a ti! —repuso don Lope cogiéndole con fuerza un brazo, y echando fuego por sus ojos de hiena.

—¡Ah, soltadme, soltadme, que me hacéis daño!... Yo no os he hecho mal...

—¡Dame, dame mi hijo, villana, el hijo que me has quitado! —dijo furioso el de Haro sin hacer caso de las exclamaciones de su antigua amante.