—¡Vuestro hijo! Vuestro hijo lo es mío también.

—¡Dámelo, dámelo pronto!

—¡Volvedme mi honra, perjuro, volvédmela y entonces os daré vuestro hijo! —repuso Piedad tan altiva y hermosa como la célebre Judit.

—¡Tiembla, miserable, tiembla, que ahora vas a pagarme la deuda que conmigo tienes! ¡Venganza, venganza! —exclamó el conde, sacando su daga y haciéndola brillar en el aire.

—¡Misericordia, don Lope, misericordia para la madre de vuestro hijo, misericordia para la mujer que todavía os ama con el mayor delirio! ¡Oh, misericordia, misericordia!

—¡Me amas aún, necia! —repuso don Lope con sarcasmo—. ¿Y para qué quiero yo tu amor?

—Sin embargo, señor, en otro tiempo...

—¡Mientes, villana, mientes!

—¡Infame!

El conde alzó de nuevo el brazo para herir a su amante. Esta exclamó, cayendo de rodillas: