—¡Ah, perdón..., perdón, noble conde de Haro!

—Dame mi hijo y te perdono.

—Matadme entonces, matadme; pero lo que es mi hijo no vuelve más a vuestro poder.

El de Haro no contestó ni palabra. Dirigió su vista al horno donde Aben-Ahlamar hacía sus experimentos químicos, y vio que estaba ardiendo. Sus ojos brillaron de alegría. Había concebido una idea terrible.

—¿Me das mi hijo, Piedad? —le dijo con más dulzura.

—No, repuso esta con entereza.

El conde se acercó al hornillo y metió en el fuego las tenazas con que el judío movía el combustible. La gitana no comprendió el siniestro designio de don Lope.

—Dame mi hijo —insistió este.

—Tomad antes mi vida.

El hijo del último señor de Vizcaya cogió las tenazas, que ya estaban hechas un ascua por la punta, y se acercó a Piedad. Esta palideció de temor, y exclamó en actitud suplicante: