—¡Perdón..., perdón!...

—Vuélveme mi hijo.

—¡Ah, dejádmelo, señor; es el único consuelo que tengo en mi desgracia! ¡Sed compasivo con la que en algún tiempo amasteis! ¡Conceded este favor a la que estuvo próxima a ser vuestra esposa!

—¡Ja, ja, ja, mi esposa tú, tú, miserable aventurera!

—¡Malvado!

—Por la última vez, ¿me das mi hijo?

—No, aunque sepa que muero aquí mismo.

Don Lope acercó al rostro de su antigua amante la punta de las tenazas.

Aquel hierro candente señaló para siempre la tersa mejilla de Piedad. Esta exhaló un agudo y doloroso grito que hubiera infundido compasión a otro que no fuese el conde. Acto continuo, prorrumpió en estas palabras:

—¡Venganza y odio eterno, infame don Lope! ¡Temblad, temblad ahora vos!