La puerta que daba entrada a la habitación del rey abriose lo suficiente para dejar paso a un hombre que conocemos, el cual dijo a los caballeros, aparentando contento y satisfacción.

—Nobles caballeros, bendecid a Dios: ¡el rey se ha salvado!

Don Juan y el conde de Haro se miraron asombrados.

—Hablad, hablad —dijeron todos con interés.

—La enfermedad que aquejaba a su alteza —repuso Aben-Ahlamar— ha hecho crisis. Su alteza duerme tranquilamente. ¡Bendigamos a Dios!

Don Lope y su digno amigo, se separaron del círculo que habían formado los cortesanos para oír mejor al judío.

—¿Qué opináis de esto? —dijo don Juan al conde.

—¡Cuerpo de tal!, ¿qué he de opinar sino que todo se lo ha llevado la trampa? Vos os habéis quedado, con esta mejoría, sin la corona de León y yo sin vengar a mis mayores.

—Ya os dije —repuso el infante— que era demasiado suave... ¡Oh!, si hubiese bebido el agua que os di antes de salir de Burgos emigrado, ya estaría yo ungido y coronado rey y vos suficientemente vengado.

—El caso es —dijo don Lope pensativo— que si se desperdicia esta ocasión... Nada, nada, ya está decidido.