Y el de Haro hizo seña al judío para que se acercara a ellos. Aben-Ahlamar obedeció al instante.
—Dime, ¿eres capaz...?
El conde calló porque temía que alguien le escuchase.
—¿Es cierto que está mejor mi sobrino? —preguntó el infante.
—Sí, cierto.
Entonces don Lope sacó de su escarcela un pomo de cristal, lleno de agua clara, y dijo al judío con el mayor sigilo:
—Cien escudos de oro si das a beber este agua a don Fernando.
Aben-Ahlamar abrió los ojos extraordinariamente. Creía ya tener el dinero en sus manos.
—¿Qué respondes?
—Que acepto.