—¿Nos dará ese chasco?
—¡Diablo! —exclamó el judío llevándose el pomo a la nariz—. El olor solamente...
—¡Oh, bien, bien! ¿Te toca velar esta noche al rey?
—Sí.
—Ya sabes, cien escudos te ganas.
—¡Oh, oh! —exclamó Juffep, como soñando—; ¡cien escudos!, ¡cien escudos de oro!
La mejoría de don Fernando fue momentánea. A los dos días de anunciarla Aben-Ahlamar a la grandeza, fue el rey desahuciado de nuevo por los médicos de cámara.
El anciano abad de San Andrés vertió mas de una lágrima de sentimiento. Oigamos lo que decía a mosén Diego Valera, médico cristiano:
—¡Ay, amigo, y qué desgracia tan grande! ¿Qué será de su madre cuando sepa que el hijo por quien tanto ha padecido, el hijo que con tanto esmero guardara desde que nació, ha muerto, y muerto lejos de ella? ¿Qué será de este pobre país? ¡Infeliz Castilla que otra vez vas a ser víctima de esa guerra de sucesión que va a conmoverte hasta en tus cimientos, de esa guerra que todo lo tala, todo lo destroza y aniquila! ¿Y lo habéis de permitir, Dios mío? ¿Habéis de permitir que triunfen esos hombres tan inicuos y malvados? ¡Danos, señor, una nueva prueba de tu justicia y caiga sobre ellos tu mano omnipotente! Pero decidme, mosén Diego, ¿no hay ninguna esperanza? Su edad, su robustez no basta...
—Nada basta, padre mío, nada absolutamente —repuso el personaje interpelado.