—¡Señor, tened piedad de nosotros! —exclamó el sacerdote alzando las manos al cielo—. ¿Conque debemos perder toda esperanza, mosén?
—Toda, señor, ya os lo he dicho. La enfermedad que aqueja al rey es incurable. ¿Queréis saberla?
—¡Oh!, sí, sí, al momento.
—Pues bien: el rey está envenenado.
—¡Santísima Virgen del Romeral!, ¿qué es lo que escucho? —exclamó el anciano sacerdote cruzando las manos—. ¡Envenenado, envenenado!, ¿y por quién?
El sabio médico se encogió de hombros.
—¡Ah, salvadlo, mosén Diego, salvadlo! ¡Inventad un contraveneno bastante eficaz..., nada omitáis, nada absolutamente! ¡Oh, infames, infames asesinos!
—Ya os he dicho que todo es inútil. El veneno es de los más activos que he conocido, y ya hace tiempo que se lo han dado. Además, la naturaleza del paciente no resistiría la bebida que yo pudiese darle. Un contraveneno en el estado en que se halla el rey no haría más que acelerar su muerte.
—Sin embargo, mosén Diego, hacedlo, y hacedlo pronto. ¿No decís que no tiene remedio?, pues hagamos un último y desesperado esfuerzo.
—Bien, bien, señor. Dentro de un momento tendréis aquí el contraveneno. Yo me marcho inmediatamente a Burgos, porque la reina me necesita. Ya sabréis que está próxima a parir. Dadle de una vez toda la cantidad que yo os traiga. Pero tened entendido que si a la media hora de haber tomado mi medicina no se presenta un sudor copiosísimo y un sueño profundo, a poco, todo se habrá perdido: el rey morirá indefectiblemente a las tres o cuatro horas.