—¡Oh, temblad, temblad, infante don Juan y conde de Haro! —exclamó el confesor de doña María, así que hubo salido el de Valera—. ¡Temblad si el rey muere!

Desde que Aben-Ahlamar hizo tomar a don Fernando el veneno que recibiera de don Lope, padecía el rey de una manera cruel. Su poca edad y la robustez habían trabado con la muerte una lucha terrible, encarnizada. Pero era tal la fuerza del brebaje que no pudiendo arrancarle la vida al instante, lo redujo al estado más triste y deplorable.

La reducida habitación de don Fernando hallábase herméticamente cerrada. La única luz que había en ella, así de noche como de día, era la que despedía una lámpara manuable colocada sobre una mesa de piedra, en un ángulo de la estancia. La respiración del rey era agitadísima, y sus quejidos, sordos y lúgubres. Su rostro, antes tan hermoso, se había desfigurado horriblemente; sus ojos estaban desencajados; sus facciones, contraídas; y sus labios, cárdenos y secos.

A la cabecera del lecho encontrábase constantemente un personaje de rostro grave y lleno al mismo tiempo de mansedumbre, de mirada dulce y de sonrisa apacible. Cualquiera al verlo en aquellas tinieblas, y cerca de un lecho de agonía, diría que era un santo patriarca enviado por el cielo para ahuyentar con su presencia al espíritu infernal cuando el rey de Castilla entregase a Dios su alma.

Don Fernando hizo un esfuerzo supremo para decir con voz casi apagada:

—¡Es posible, Dios mío, que un hombre pueda sufrir tanto! ¡Oh, compadeceos de mí, señor!

El personaje de la luenga cabellera pulsó al monarca, y murmuró con feroz alegría:

—¡Oh, esto marcha, ya apenas tiene pulso!

—¡Agua, agua, que me abraso! —gritó con voz suplicante el hijo de doña María.

Aben-Ahlamar sacó el frasco que le diera el conde de Haro y lo acercó a los labios del enfermo. Pero antes de que el rey sorbiese el poco líquido que aquel contenía, entró precipitadamente el anciano abad, diciendo: