—Teneos, teneos; que aquí traigo una medicina preparada por mosén Diego, y que calmará en algún tanto los dolores que sufre su alteza.
—Bien —repuso el judío—, pero no le apagará como esta, la sed que le devora.
—¡Oh, también quita la sed, también! Separad, separad pronto ese frasco de los labios del rey.
El judío obedeció, riéndose malignamente.
Entonces el anciano sacerdote se acercó al monarca y le hizo beber toda el agua que llevaba en un gran pomo de cristal. Después se hincó de rodillas cerca del lecho y se puso a hacer oración. Aben-Ahlamar examinaba con la mayor atención todos los movimientos de don Fernando. Este, a la media hora escasa de haber tomado el brebaje presentado por el canciller de su madre, comenzó a sudar copiosísimamente. El abad exclamó lleno de alegría:
—Mirad, Aben-Ahlamar, mirad cómo suda el rey...
—Esa es precisamente nuestra desgracia, señor.
—¡Nuestra desgracia!
—Sin duda, porque ese sudor que tanto júbilo causa a vuestra reverencia es el sudor de la muerte. Y si no, observad ese semblante..., contemplad esa vista ya quebrada... y decidme si podremos concebir ni la más remota esperanza.
El rey dejó de pronto de quejarse y de sudar. Había quedado sin respiración y sin pulso. Diríase que ya no existía.