El abad continuaba orando.
—Cesad, padre mío —dijo el judío disimulando mal su gozo—; cesad, que vuestras exhortaciones son ya inútiles. El rey acaba de expirar en este momento. ¡Descansa en paz, rey de Castilla! ¡Séate la tierra ligera!
—¡¡Cielos!! —exclamó el sacerdote cayendo nuevamente de rodillas.
Aben-Ahlamar se apresuró a dar tan infausta noticia a la grandeza.
—Caballeros —dijo el judío al salir de la estancia mortuoria—: rogad todos a Dios por vuestro rey y señor don Fernando IV.
A la mayor parte de los caballeros se le arrasaron los ojos en lágrimas.
El conde de Haro puso en manos de Aben-Ahlamar cien escudos de oro, y se creyó rey de Castilla.