En el que se ve bien a las claras que Dios, cuando le place, hace milagros.

Doña Beatriz no arribaba, sin embargo de encontrarse en el mismo lugar donde, antes de lo ocurrido con el famoso conde de Haro, era tan feliz. A pesar de estar al lado de la reina doña María, a quien quería como una madre; a pesar de hallarse cerca del hombre que amaba con delirio, era su palidez cada día mayor, su tristeza cada vez más creciente y su mirada menos alegre. ¿Qué pasaba en el corazón de aquella pobre niña? Ella misma no sabía darse cuenta. A doña Beatriz le sucedía lo que a la flor que muerde su tallo un insecto venenoso. Había padecido tanto, precisamente en la edad de las impresiones, había vertido tantas lágrimas y sufrido tantos dolores, que no era extraño que aquella débil flor se agostase insensiblemente.

Era una hermosa mañana de primavera. La reina doña María Alfonsa y su dama Beatriz de Robledo paseaban asidas del brazo por un jardín lleno de preciosas flores y corpulentos árboles, pertenecientes al alcázar real.

El semblante de la reina madre estaba radiante de alegría. Sus ojos brillaban extraordinariamente; sus labios se entreabrían de vez en cuando para dejar salir una sonrisa de gracia. El rey estaba completamente bueno. Su hijo querido regresaba a Burgos, después de haber estado a las puertas de la muerte. Pero Dios había escuchado las plegarias del santo abad de San Andrés, y don Fernando tornó a la vida. ¿No era este suficiente motivo de alegría para una madre tan tierna y cariñosa como la de Molina?

Una palidez, que se asemejaba mucho a la de la muerte, cubría por el contrario el rostro de Beatriz. Sus ojos estaban mustios; su nariz, afilada; y sus dientes, transparentes. Apoyábase en la reina porque sus piernas se negaban a veces a sostenerla, y su cabeza se desvanecía con frecuencia.

—¡Oh, Dios mío, qué cansada estoy! —dijo la joven a doña María con voz espirituosa.

—Pues sentémonos aquí, querida mía; sentémonos y descansa —repuso la reina acercándose con la joven a un banco de piedra que no muy distante de ellas había.

—¡Oh, gracias, gracias! —exclamó Beatriz cayendo como desplomada en el asiento—. Ahora, hablemos si os place, señora.

—Bueno, ocupémonos de la felicidad que te aguarda después de que estés buena.