—¡Oh, esa felicidad no la llegaré a alcanzar nunca!... —repuso la joven sonriéndose con amargura.
—¡Deliras, hija mía! ¿Conque no llegarás a unirte con tu amante, que cada día está más loco de amor por ti? ¿Quién lo impedirá, Beatriz? ¿Temes, acaso todavía, al conde de Haro? ¡Oh, desecha, desecha, por Dios, esas imaginaciones, querida mía, y procura animarte!
—¡Ah, señora, yo estoy muy enferma!... Yo debo de vivir muy poco..., muy poco..., sí. ¡Me siento tan mala, doña María!
—Desecha ese temor, hija mía: mosén Diego, que tan sabio es, te curará como ha curado al rey. Y cuidado, que mi hijo ha estado punto menos que cadáver.
—¿Y está ya bueno?
—¡Oh, completamente! Como que yo lo espero de un momento a otro en Burgos.
—Contadme, si gustáis, pormenores de su enfermedad.
—De buen grado, hija mía. Me escribió mi confesor que el rey, después de un sudor copiosísimo que tuvo a poco de desahuciarlo los médicos, quedó sin respiración, sin pulso, y sin que nada en él indicase vida. Aben-Ahlamar lo dio por muerto. Con efecto, así lo creyeron todos; tanto que hasta lo vistieron con el traje que había de llevar a la tierra. Pero cuando estaban en esta operación, abrió los ojos y exclamó con doloroso acento: «¡Madre mía!». ¡Hijo de mis entrañas! ¡Cómo era posible que si yo hubiese sabido su estado no hubiera volado a morir con él de dolor! Pero, a Dios gracias, ha salido de esta. La mejoría iba creciendo por momentos. A los cinco días de lo que os acabo de contar, estaba su alteza fuera de peligro.
—¡Milagro, milagro patente! ¿No es verdad, señora?
—¡Oh, sí, es indudable! Milagro que pagaremos a la Majestad divina con una solemne función en la catedral, costeada por mí, y en la que se hallará mi hijo y toda la grandeza. Además, he escrito al arzobispo de Toledo para que dé orden se cante un Tedeum en todas las iglesias de estos reinos. ¡Oh, todo es poco, muy poco para el inmenso bien que del cielo hemos recibido!