Doña Beatriz pidió permiso a la reina para retirarse. Se había puesto peor y deseaba la soledad, porque la de Robledo, desde que se hallaba enferma, no quería hablar con nadie. Los médicos habían prohibido que viese a su amante, temerosos de que una impresión fuerte hiciese perder en un momento todo lo ganado durante un mes de constantes desvelos y cuidados. Así es que doña Beatriz no veía a don Juan hacía mucho tiempo, ni don Juan a esta. Semejante situación era en extremo terrible para unos amantes como aquellos. El joven Carvajal se conformó al principio con aquella prohibición, porque redundaba en bien de su amada. Pero considerando que se prolongaba demasiado, llegó a desesperarse y aun a sospechar si sería todo fingido. El enamorado caballero creyó en sus dudas que Beatriz ya no le amaba, o que la reina madre se oponía al enlace concertado; enlace que doña María trataba de efectuar tan luego como su protegida se restableciese en algún tanto de las dolencias que le aquejaban. Lo cierto es que para unos amantes tan tiernos y apasionados era insoportable vivir cerca el uno del otro y no poder verse. A doña Beatriz la reducía esto a la desesperación, y a don Juan le arrastraba a sospechar, como dijimos antes, cosas que realmente no existían.

El caballero de Carvajal pasaba todo el día rondando el alcázar real con la esperanza de ver a su amante asomada a alguna ventana o rendija de este. Pero previendo esto doña María, colocó a su dama en un departamento que solo tenía vista al jardín, donde las hemos encontrado paseándose. La reina madre creyó que las flores alegrarían a su hija adoptiva y serían parte a distraerla de su habitual melancolía; mas a pesar de todo Doña Beatriz no arribaba, como dijimos al principio de este capítulo, y su estado era tan crítico que si hubiese hablado o visto a su amante, forzosamente hubiera empeorado; y no viéndole, andaba triste y se iba marchitando lentamente aquella delicada existencia.

El rey así que se vio bueno trató de mover sus armas contra la morisma del reino de Granada. Para el efecto se dispuso un crecido ejército, y este emprendió la marcha inmediatamente hacia dicho punto. Los hermanos Carvajales iban en el ejército expedicionario como infanzones del rey de Castilla.

El momento de marchar se acercaba y don Juan no quería salir de Burgos sin ver a su amante, sin estrechar acaso por la última vez su mano. El caballero se resolvió a pedir a Beatriz una cita. La de Robledo accedió gustosa, y quedó concertado que fuese en el jardín del alcázar.

La noche señalada por los dos amantes era sumamente apacible: era una de esas noches de primavera en que parece que naturaleza se complace en ostentar todas sus galas, y en poner de manifiesto la suprema sabiduría de su autor. La luna enviaba su luz de plata; el ambiente era suave y embalsamado; y las plantas despedían deliciosos y aromáticos perfumes.

El jardín del alcázar real tenía también algo de poético y de grande. Formaban sus calles corpulentos y espesos árboles que, entretejiendo sus ramas en forma de bóveda, impedían que la luna penetrase por ellas; las flores de tallo flexible se mecían suavemente impelidas por la leve brisa que soplaba de la parte de poniente. El agua de las fuentes y cascadas corría haciendo un agradable murmurio. Por último, algún que otro ruiseñor que lloraba la pérdida de su consorte completaba aquel cuadro encantador y poético.

Una mujer joven y hermosa, pero pálida y abatida, deslizábase silenciosamente por una de las bellas calles de cipreses y lilas. Su paso era tardío, mas en cambio su impaciencia era grande. Llegó al pie del muro que circundaba el jardín y, recostándose en él a falta de asiento, aguardó a que apareciese una persona en lo alto de la pared. Esta no se hizo esperar mucho, pues al poco tiempo oyose ruido de espuelas por la parte exterior del muro, y bien pronto los rayos de la luna hicieron brillar el acero de una armadura más elegante que lujosa.

—¡Don Juan! —dijo la joven, separándose de la pared.

El armado dejose caer de lo alto del muro. Nada había oído.

—¡Don Juan! —volvió a decir la joven con marcado temor, y con voz desfallecida.