—¡Sí, yo soy, ángel mío; yo, que no puedo vivir sin verte!
—Ni yo... Pero, ¡oh, socorredme, socorredme!...
Don Juan se apresuró a sostener a su amante. Era ya tarde. La de Robledo dio consigo en tierra. Estaba desmayada.
Merced al agua que don Juan echó en el rostro a Beatriz, y merced también a la brisa que corría, volvió pronto en sí la dama de doña María Alfonsa.
—¡Beatriz, Beatriz! —exclamó Carvajal loco de alegría. ¡Ah, vuelves, vuelves!... ¡Gracias, Dios mío, gracias por tanto bien como me hacéis!
—¡Oh, yo no debí de acceder a vuestra cita! —dijo la de Robledo reclinando su cabeza en el pecho de su amante—. ¿Lo veis? ¡Me he matado..., me he matado, don Juan!...
—¡Calla, calla, por Dios, ídolo mío! —repuso este tomando con cariño una mano a su querida.
—Bien, os daré gusto. ¡Pero tened entendido que yo no seré vuestra!
—¡No serás mía! Y ¿por qué?, ¿quién lo impide? ¡Habla, habla pronto! ¿Acaso no me amas ya?...
Beatriz se sonrió con amargura.