—¡No amarte —repuso—, cuando tu amor es el que me sostiene! ¡Tu amor solo, dueño mío! Pero escúchame: yo estoy muy enferma..., yo debo morir muy en breve...

—¡Oh, no digas tal cosa porque me despedazas el corazón, Beatriz! ¿Qué sería de mí, si murieses? ¡Oh, qué horror! No profieras otra vez palabras tan tristes y crueles. Piensa, piensa en la vida, ángel mío; piensa en la felicidad que nos guarda en este mundo. ¡Oh, qué dichosos seremos cuando nos veamos unidos para siempre! ¿No deseas tú también que llegue ese momento?

—¡Dichoso tú, que todo lo ves risueño y placentero!

—Y tú, ¿cómo ves el porvenir?

—¡Oh!, yo... creo que será esta la última vez que nos hablemos.

—¡La última! ¿Deliras? ¡Oh, Dios mío, volvedle, volvedle su razón!

—¿No os marcháis a la guerra que don Fernando va a hacer a los moros de Granada? —repuso Beatriz, fija en su idea.

—Sí; es mi deber.

—¿Y creéis que yo viviré hasta que volváis? ¡Oh, mal entendido, mal entendido! ¡Yo no puedo vivir tanto..., imposible, imposible..., y separada de vos, mucho menos!

—¡Qué idea tan cruel te tiene preocupada!... ¡Deséchala, deséchala por Cristo, si es que me amas!