—¡Si te amo!, ¿qué escucho, Dios eterno? ¿Te imaginas, acaso, que el temor que yo tengo de perder la vida sea por mí? ¡Oh, no, no lo creas! ¡Si tiemblo, es por ti, por ti solamente!
—¡Ah, vive, vive para amarme, ángel mío!
Y don Juan acercó sus labios a los de Beatriz.
—¡Dejadme, dejadme, que padezco atrozmente!..., vuestras caricias me hacen mal... Yo os amo, sí; os amo mucho, mucho..., pero dejadme, ¡ah, dejadme! —exclamó la de Robledo llevándose ambas manos a la boca.
—¡Sangre! —dijo Carvajal admirado.
Doña Beatriz cayó desmayada otra vez en los brazos de su amante. De su boca salía un torrente de sangre. Su pecho hervía interiormente.
Don Juan condujo a Beatriz a la habitación que ocupaba cerca del jardín, y depositó su preciosa carga en un cómodo lecho que en la estancia había.
—Sobrado imprudente habéis estado, don Juan —exclamó doña María Alfonsa, corriendo al socorro de su hija adoptiva—. Vos, vos solo habéis acelerado su muerte.
Doña Beatriz desmayada