—¡Ah!..., señora...

—No os disculpéis, porque todo lo he oído y visto. Hacedme el favor de dejarme sola con ella.

—¡Arrancadme antes el corazón, señora! —exclamó el joven implorando a la reina.

—Bien, quedaos; pero os prevengo que si vuelve en sí, vuestra presencia podrá hacerle mucho mal. Haced ahora lo que os plazca.

Don Juan dirigió una triste mirada al lecho de su amante, y salió de la estancia dominado por un profundo y amargo pesar.

CAPÍTULO XX.

En el que se ve que Aben-Ahlamar, el judío, se vio en camino de ganar otros cien escudos de oro.