—A vuestra noticia llegaría el asesinato que tuvo lugar en el palacio de Palencia...
—¡Oh, sí, sí! Y esa muerte, cometida en el mejor hombre de mi corte, he jurado vengarla. ¿Sabéis, acaso, el nombre del matador?
—En este momento, no; pero fácil me será averiguarlo.
—¡Fácil! ¡Oh!, pues en ese caso procurad saberlo pronto, y en ello me haréis un gran servicio.
—Descuidad, rey de Castilla; pero ¿me dais vuestra palabra real de que sea quien fuere el asesino habrá de sufrir la última pena?
—Te la doy, aunque pertenezca a mi misma familia.
—¿Lo juráis?
—Por Dios y su madre.
—¡Venganza y odio eterno, don Lope! —murmuró la gitana por lo bajo.
Y alzando la voz, dijo a don Fernando: