—Bien, bien, señor; entonces firmad este pergamino. Yo os ofrezco que el nombre del asesino, que ahora está en blanco, lo veréis escrito dentro de pocos días.
El pergamino que Piedad entregó al rey y que este se apresuró a coger, decía:
«El matador de don Juan Alonso Benavides, llamado ... ... ... ... ..., sufrirá la última pena».
El monarca estampó al pie el sello real.
Aquello solo bastaba entonces para que un hombre subiese al cadalso.
Aben-Ahlamar, que se hallaba escondido escuchando toda la conversación, no daba en aquel momento ni un quilate por la vida del conde de Haro.
A poco de lo que acabamos de referir, salió el rey de la morada de su amante. Esta, como lo tenía de costumbre, fue a despedirlo hasta la puerta.
La sentencia de muerte de don Lope había quedado en la poltrona que ocupó el rey. Aben-Ahlamar se apresuró a salir de su escondite para coger el pergamino; escondite practicado en la pared, y que tenía comunicación con su cuarto.
—¡Oh, oh!, esto —exclamó con sonrisa infernal— desenfadará al conde y me valdrá, por lo menos, otros cien escudos. ¡Gran negocio..., gran negocio, a fe mía!
Piedad volvió a su aposento y exclamó llena de alegría al entrar: