—Conde de Haro, esta mujer a quien has ofendido tanto, esta mujer, que está sellada por tu mano y ultrajada por tu lengua, tiene a su disposición tu vida. ¡Oh, cómo gozaré cuando el verdugo muestre a la muchedumbre tu pálida y ensangrentada cabeza!... ¡Oh, oh, qué placer! ¡Qué dulce es la venganza!... Pero ¿qué digo, Dios mío? ¡Yo deliro, yo he estado ciega cuando he consentido que el rey firme la sentencia de muerte de don Lope..., del padre de mi hijo! ¡Ah, perdón, perdón!... Yo te perdono, conde de Haro..., vive, vive...
Y Piedad buscó el pergamino con intención de hacerlo pedazos. Pero fue en vano, porque, como sabe el lector, había ya desaparecido...
El momento de marchar el ejército expedicionario se acercaba, y los hermanos Carvajales debían marchar con el rey, como asimismo todos los caballeros y grandes que con sus mesnadas y tropas podían aumentar el ejército real.
Don Juan no cesaba de rondar el alcázar donde moraba su amante. Era terrible para el caballero marcharse sin ver a su amada, sin despedirse de ella, sin darle un adiós que acaso sería el postrero. Desde su entrevista con ella en el jardín no había vuelto a verla, ni aun a tener noticias del estado de su salud, para él tan importante. Así es que se decidió a penetrar en el alcázar, y si le era posible en la misma habitación de su prometida. Llegó sin contratiempo alguno hasta la puerta de la morada de Beatriz. Don Juan se paró en el dintel un tanto indeciso, y dio un golpe con suavidad en la puerta.
—¿Quién sois? —dijo una joven apareciendo en el umbral.
—La reina... —repuso Carvajal con timidez y valiéndose de este pretexto.
—No sé si la podréis ver, caballero; pero de todos modos, entrad.
Don Juan no se hizo rogar. Penetró con resolución en la estancia, y a poco que hubo andado se encontró con doña María y su confesor, que sentados cerca del lecho de su amante mantenían con ella una agradable conversación. Los ojos de Beatriz se animaron extraordinariamente, y sus mejillas se tiñeron de pronto de un ligero carmín.
—¡Caballero! —dijo doña María sorprendida.
—¡Ah, perdonadme, gran reina, perdonadme! ¡La amo tanto!... Y luego, ¿no hubiera sido demasiada crueldad el que me hubiese marchado a la guerra sin despedirme de ella, sin dar un triste adiós a la que debía ser mi esposa?