—Lo será, lo será, Dios mediante.
—Y si en la guerra...
—¡Ah, callad, callad, don Juan! —exclamó Beatriz palideciendo de horror.
La reina y su confesor se miraron a un mismo tiempo.
—¡Ah, señora —repuso don Juan, comprendiendo la significación de aquella mirada—, con cuánto valor y gusto pelearía contra los enemigos de Dios, si fuese a la guerra siendo esposo de Beatriz! Con solo el nombre me contento, señora, consentid y labráis mi eterna felicidad. Une tus votos a los míos, querida Beatriz, para que tengamos el placer de llamarnos esposos el poco tiempo que me resta de estar en Burgos. ¡Padre mío, unidnos, unidnos para siempre!
Poco tiempo después, el sol, que penetraba en la estancia por las ventanas que correspondían al jardín, iluminaba la escena más interesante y patética, doña Beatriz incorporada en el lecho y su amante arrodillado cerca de él, asidos fuertemente de la mano, escuchaban con religioso respeto las oraciones que el anciano abad de San Andrés leía en un gran libro con relieves de plata. La reina doña María Alfonsa y la joven que abriera al de Carvajal la puerta, arrodilladas también y con una vela en la mano, presenciaban el enlace de doña Beatriz de Robledo con don Juan Alonso Carvajal. Todos lloraban conmovidos.
—Hijos míos, sed felices, y que la bendición del cielo caiga sobre vosotros —exclamó el confesor de la reina después de terminada la ceremonia.
—¡¡Esposa mía!!
—¡¡Esposo mío!!
Exclamaron a un tiempo los amantes abrazándose tiernamente.