La hora de marchar el ejército conquistador se acercaba. Así lo comprendió don Juan al escuchar el ruido de los pífanos y atambores y el piafar de los impacientes corceles.

—¡Adiós, adorada esposa mía; adiós hasta la vuelta! —dijo don Juan a Beatriz, estampando en los finos labios de esta un beso que resonó en toda la estancia.

—¡Velad, velad por él, Dios mío! —exclamó la de Robledo alzando sus preciosos ojos al cielo, y cayendo después desfallecida sobre la almohada.

Media hora después salía de Burgos el ejército real, con dirección a la provincia de Jaén.

Don Fernando y multitud de caballeros, entre ellos el conde de Haro y el infante Don Juan, se detuvieron unos días más en Castilla.

CAPÍTULO XXI.

De cómo el conde de Haro no hizo lo que tenía intenciones de hacer.