Tan luego como el avaro Juffep bajó a su habitación, después de escuchar la conversación que Piedad con el rey tuvo, y de hacerse con la sentencia en blanco destinada para don Lope, se acercó a una de las ventanas del aposento y, desliando el pergamino con el mayor cuidado, lo leyó rápidamente. Sus facciones se contrajeron a impulso de una sonrisa de alegría y satisfacción que asomó a sus labios: sus pequeños ojos brillaron de la misma manera espantosa que los del tigre cuando se va a arrojar sobre su presa para devorarla; y todo él, por último, sintió un estremecimiento involuntario de placer, que probaba bien a las claras en lo mucho que tenía Aben-Ahlamar el precioso documento que había quitado a la amante de don Fernando.

Y con efecto, el perverso judío pensaba conseguir dos cosas para él en extremo importantes, con la adquisición que acababa de hacer de la manera inicua y repugnante que ya conoce el lector. La primera y más principal, tendía a ganar oro, mucho oro, tanto como podía valer en aquella época la vida de un personaje de tanta importancia como el conde de Haro, y en caso de no ganar nada, conseguiría, con entregar la sentencia en blanco a don Lope, desenfadarle, librarle de una muerte afrentosa y humillante que deshonraría para siempre a su ilustre casa, y de que sus enemigos y contrarios se vanagloriasen en su derrota. Estas pruebas de adhesión y cariño no serían desatendidas del de Haro. No dejaría de apreciar don Lope toda la abnegación y afecto que el judío le demostraba, afecto demasiadamente probado con solo entregarle la sentencia en blanco, firmada por el rey, sentencia que más de cuatro cortesanos, de los de más valía y prestigio, hubieran deseado obtener a cualquier precio.

Pero Aben-Ahlamar tenía el suficiente talento para conocer que aquel documento, dado al conde en tiempo y lugar oportuno, sería magníficamente recompensado, y de ningún resultado favorable para él si no se aguardaba una ocasión oportuna. Así es que se decidió a guardarlo en el arcón que contenía su tesoro, porque para el judío representaba aquel documento un capital nominal en extremo considerable.

Apenas lo hubo guardado, apenas tiró del resorte para que desapareciera su querido arcón, cuando dieron con estrépito dos golpes en la puerta que daba a la galería. Aben-Ahlamar palideció de temor. Había reconocido en el que llamaba al conde de Haro, y el conde de Haro vendría a pedirle cuenta sobre el repentino alivio y curación del rey. En el concepto del conde, Aben-Ahlamar le había infamemente engañado: lo que se debió a la voluntad del cielo y a la sabiduría de mosén Diego de Valera, lo atribuía don Lope a engaño y perfidia por parte del nigromántico. Y aunque no se inquietó mucho, porque ya tendría otra ocasión de lograr sus intentos y deseos, no quiso dejar de amenazar o castigar al judío para que con tan eficaz correctivo fuese otra vez más fiel y exacto en sus promesas.

Aben-Ahlamar conocía el objeto de la visita del conde y sus no muy buenas intenciones, y por eso palideció, por eso tardó en abrir, porque el infame judío era tan cobarde como malvado. Pero don Lope, impaciente y cansado de esperar, dio otros dos golpes que hicieron vacilar a la maciza puerta.

Y entonces el judío se dirigió a ella.

—¿Dormíais, don Bellaco? —dijo el conde penetrando en la morada del nigromántico, con aire altivo y socarrón a la vez.

—Señor... —repuso este inclinándose con humildad.

—Decidme, señor tunante; ¿no os parece ya tiempo de que me deis cuenta acerca de...?

—¿Acerca de qué, señor?