—¡Oh, oh!... El rey vive, señor mío —contestó el conde montando en cólera—, el rey vive y se os dio cien escudos de oro para que muriese. ¿Qué tenéis que decir a esto?

—No niego ni puedo negar, gran señor, repuso Juffep alzando la voz, que recibí de tu misma mano cien escudos para lo que dices, pero...

—¡Miserable!

—¡Oh!, descuida, conde de Haro; aquí no hay miedo de que nos oigan.

—Pues bien, ya os he dicho que el rey vive: ¿qué me contestáis?

—Señor, yo hice cuanto estuvo de mi parte.

—¡Mientes, miserable!

—Te aseguro...

—Escuchadme, Aben-Ahlamar: si no me dais una contestación clara, categórica, me veré en la dura necesidad de retorceros el pescuezo como a un villano.

—Tu grandeza puede hacer de este tu esclavo lo que más te plazca y parezca; pero ¿te convencerás si te enseño el frasco que contenía el veneno, que en la actualidad está casi vacío?