La Justicia divina, como dijo la mayor parte de la gente, se había cumplido.
Muerto el rey, proclamaron sucesor suyo en la corona de Castilla y León a su hijo don Alfonso XI, niño de solos diez meses.
Don Lope, abandonado y despreciado de los suyos, en vista de su inicuo proceder, huyó despavorido y lleno de remordimientos. Todo lugar, por apartado y escondido que fuese, le pareció poco solitario para ocultar sus lágrimas y su vergüenza. Dice la crónica que no se le volvió a ver más en la corte.
CAPÍTULO XXV.
En el que se ve el gran negocio que hizo el judío Aben-Ahlamar.
Huyó despavorido el rebaño con la muerte del pastor. El ejército se deshizo, sin haber hecho más en beneficio de la religión y de Castilla que tomar a los moros la villa de Alcaudete. Soldados y caballeros volviéronse a su tierra, y la corte toda, reunida y vestida de riguroso luto, regresó a Burgos, en donde seguían la reina madre y la viuda del infortunado Fernando.
Así que Aben-Ahlamar entró en su antigua morada del alcázar de Burgos, fue su primera diligencia ir a visitar su tesoro, escondido en la pared, como sabe el lector. Cuando estaba el judío dulcemente entretenido en contar y recontar sus escudos, para cerciorarse de que no le faltaba ninguno, se apareció en la estancia el infante don Juan.