—¡Extraña petición! ¡La mitad de este oro!... Primero la vida. Este oro lo he ganado yo...

—Dame la mitad, nada más que la mitad —dijo Simeona cogiendo un puñado de monedas.

—¡Oh, vuélveme mi dinero, mi dinero...! —exclamó el judío, golpeando con todas sus fuerzas a la abuela de Piedad.

—¿Conque no quieres repartir ese dinero conmigo que tanto te he ayudado en todo?

—¡Oh, no! Todo es mío, mío exclusivamente.

—Te va a pesar —repuso Simeona saliendo de la estancia.

—¡Pesarme, pesarme, cuando tanto oro tengo! —dijo Aben-Ahlamar, sin dejar su avaro estribillo.

Acto continuo la abuela de la gitana fue a buscar al infante don Juan.

Después de la muerte de los hermanos Carvajales emprendió el ejército real la marcha a Alcaudete. Don Fernando tuvo que quedarse en Jaén, porque el mal estado de su salud no le permitía que fuese a la cabeza de las tropas. El rey había sido envenenado por Aben-Ahlamar antes de salir de Martos. Esta vez no había remedio para el hijo de doña María Alfonsa.

La dolencia y malestar del rey iban en aumento, hasta que el 6 de septiembre, día treinteno del emplazamiento de los Carvajales, le encontraron muerto en su lecho.