—Si envenenas al rey de modo que muera justamente el 6 de septiembre, todo es tuyo: ¿lo oyes?

—¡Oh..., sí, sí! Acepto, acepto gustoso tu proposición en cambio de todo ese oro.

El conde no podía elegir mejor ocasión para deshacerse del rey. Don Fernando estaba emplazado por dos víctimas inocentes, y la Justicia divina debía de cumplirse.

Así lo haría él ver y creer al vulgo. La corona de Castilla estaba próxima a pasar a la casa de Haro. Esta idea tenía loco de alegría a don Lope.

En el momento de estar recogiendo Aben-Ahlamar todo el dinero que el conde desparramó sobre la mesa apareció Simeona, que había seguido como siempre al judío, y dijo abriendo tanto ojo como este:

—¡Oh, cuánto dinero, cuánto dinero!... ¿Es todo tuyo, querido?

—Todo, todo este oro es mío —repuso el nigromántico, sin dejar de recogerlo con ambas manos.

—¿Y yo tengo algo ahí?

—Nada, nada. Todo este oro es mío, solamente mío.

—Sin embargo, yo quiero también dinero; dame la mitad de ese que ahí tienes.