Don Juan no cesó un momento de decir, mientras tuvo vida:

—¡Beatriz, esposa mía! Adiós para siempre... Amparadla, Dios mío, amparadla. ¡Es tan joven y tan desgraciada! ¡Adiós, adiós!...

Poco tiempo después los cuerpos de los dos hermanos Carvajales quedaron convertidos en pequeños fragmentos.

Así que supo el conde de Haro el emplazamiento hecho al rey por el hermano de su rival, se dirigió a la habitación del Aben-Ahlamar y le dijo, vaciando sobre una mesa un saco lleno hasta arriba de monedas de oro y plata:

—Todo este dinero es tuyo, Aben-Ahlamar, si das un veneno al rey, para que muera precisamente a los treinta días después que los hermanos Carvajales. ¿Aceptas?

—¡Oh, cuánto oro..., cuánto oro...!

—¿Aceptas? —volvió a decir don Lope.

—¡Cuánto oro!

—Pues todo es tuyo, todo.

—¿Mío?...