—¡Beatriz..., Beatriz...!
Los sacerdotes que acompañaban a los sentenciados comenzaron a prodigarles los auxilios espirituales.
La hora del sacrificio se acercaba. Los verdugos movían grandes palas y barrotes de madera con que habían de empujar a los sentenciados. Don Juan no cesaba de pronunciar el nombre de su bella esposa; don Pedro oraba por sí y por su hermano. Uno y otro, atados de pies y manos, fueron puestos al borde del precipicio. Las mujeres lloraban y pedían a Dios y a Santa Marta, patrona de la villa, que hiciesen un milagro. Los soldados apartaban sus ojos de aquella escena de horror.
Los verdugos, a una señal que les hizo el justicia, acercaron a los caballeros las palas y barrotes.
—¡Beatriz..., Beatriz...! —exclamaba don Juan—. Dadle, Dios mío, valor. Acompañadla, ya que a mí me habéis abandonado...
—«Rey don Fernando —decía don Pedro—, puesto que tus oídos se han hecho sordos a nuestros clamores, te emplazamos para que en el término de treinta días comparezcas ante el Tribunal divino a dar cuenta de este acto».
Los verdugos empujaron con todas sus fuerzas a los caballeros.
—Señor —exclamaron estos a un tiempo—, tened misericordia de nosotros.
Y rodaron con tanta velocidad que dejaron la mayor parte de sus vestidos y de sus carnes en las breñas y picos de las piedras.
La muchedumbre horrorizada lanzó un grito de espanto.