El día 7 de agosto del año de 1312 amaneció triste y nebuloso. No parecía sino que la naturaleza tomaba parte en la tragedia que se iba a representar en la villa de Martos. El sol no podía alumbrar con sus esplendentes rayos la escena que tanto afea el reinado de Fernando IV. Este monarca, cuya dulce condición y benigno carácter fueron causa de las mayores alteraciones de Castilla y del poco respeto que los grandes de aquella época le tenían, tornábase a las veces inexorable, y su excesiva cólera le arrastraba a cometer desaciertos. Los cortesanos que conocían (como dicen el erudito Mariana y otros escritores célebres) que el joven e inexperto don Fernando no sabía refrenarse en la saña, se aprovechaban de las ocasiones para librarse de los que pudiesen estorbarlos, o para vengarse de aquellos de quienes habían recibido agravios. Lo cierto es, amados lectores, que el conde de Haro, deseoso de tomar venganza de los hermanos Carvajales por las razones ya referidas, puso en la sentencia para él dispuesta el nombre de estos dos inocentes caballeros.

El justicia de la villa de Martos, según orden que recibió del rey, sin permitir que los acusados se defendiesen, sin oír sus descargos y protestas, los mandó arrojar por la peña que allí existe, célebre por su elevación y por lo escabroso de su declive.

En vano fue que los grandes y el ejército intercediesen por las inocentes víctimas; en vano que estas protestasen en nombre de Dios y de su Madre que era falso el delito de que les acusaban; nada bastó ni satisfizo a don Fernando. Había jurado vengar la muerte de su privado, y ofrecido a Piedad que el que llevase el nombre escrito en el pergamino que ella le presentó sufriría la última pena, sin distinción de clase ni categoría, y estaba firmemente resuelto a cumplir su promesa.

La cima de la famosa peña de Martos hallábase ocupada por multitud de soldados y gentes del pueblo en la mañana del 7 de agosto de 1312. El espectáculo que iban a presenciar no podía ser más notable y nuevo. Dos hermanos, infanzones del ejército real, debían ser despeñados, en castigo del asesinato que habían cometido en la persona del señor de Benavides, privado de Fernando IV de Castilla.

Los hermanos Carvajales caminando al suplicio

El sol, como hemos dicho, se negó a iluminar aquella escena de sangre y de lágrimas, y permaneció oculto bajo un tupido velo de densas y apiñadas nubes.

Todo estaba ya dispuesto. Los acusados llegaron a la cumbre de la peña, atados codo con codo y seguidos por multitud de soldados, de hombres, niños y mujeres que lloraban a lágrima viva. Los hermanos Carvajales eran precisamente naturales del pueblo donde fueron ejecutados por asesinos.

Los sentenciados se mostraban serenos y tranquilos, y su andar era firme. Sin embargo, una palidez mortal cubría el rostro de entrambos. Al llegar a la superficie de la peña vacilaron las piernas de don Juan, y exclamó sin poder contener una lágrima que bien pronto fue a esconderse en su espeso bigote: