CAPÍTULO I.
De cómo la maldición que lanzó Dios sobre don Alfonso el sabio alcanzó hasta su quinta descendencia.
Por el año de 1310, concluida felizmente la guerra con los moros, después de haberles tomado don Fernando, el cuarto de este nombre, Gibraltar, Vedmar y Quesada, y a más de esto exigídoles cuarenta mil escudos para subsanar los gastos de la guerra, se celebró con mucha ostentación y aparato en la ciudad de Burgos el casamiento de la infanta Isabel, hermana del rey, con Juan, duque de Bretaña.
Con este motivo acudían de todas partes multitud de personas de todas clases, sexos, edades y distinciones, incluso el rey que con su corte se hallaba en Sevilla despidiendo al ejército y premiando a aquellos que más se habían distinguido en la guerra.
La reina doña María Alfonsa de Molina y su hija la futura esposa del duque de Bretaña ocupaban parte del alcázar de Burgos; pues lo restante, y era lo más principal, estaba destinado a servir de alojamiento al rey y a su corte, que a marchas dobles venían a presenciar las bodas de la infanta.
Hallábase suntuosamente alhajada la parte que en el alcázar ocupaba esta señora; costosas alfombras de Asia, almohadones de la misma procedencia, ostentosos tapices y cuanto el lujo de la época podía permitir veíase allí reunido con el más refinado gusto. Ardían lentamente, en los cuatro ángulos de un magnífico salón, pebeteros de plata de los cuales salían otras tantas columnas de denso y azulado humo que exhalaban deliciosos y delicados aromas del Oriente. En un frente del salón y junto a un hogar de jaspeada piedra, encontrábase una mujer de bello y apacible semblante, vestida con exquisita elegancia y muellemente arrellanada en una colosal poltrona, notable por su rica madera y por la profusión de adornos y relieves con que la mano inteligente del artista se había divertido en recargarla. Descansaban sus delicados pies en un almohadón de preciosa tela, y sus ebúrneas manos sostenían un crecido volumen en cuya cubierta se leía en gruesos caracteres: «Vida del rey San Hermenegildo».
Acompañábala otra mujer que guardaba profundo silencio, y se entretenía en mover con unas tenazas de acero las brasas que ardían en el hogar. Esta, más joven y hermosa que la primavera, pero ataviada con menos riqueza, vestía un traje talar de terciopelo color de guinda; sus rubios y sedosos cabellos, que contrastaban maravillosamente con su nevado cutis y el azul celeste de sus lánguidos ojos, quedaban recogidos por una aguja de oro, de la cual pendía un velo blanco que llegaba a besar las pieles de que estaba guarnecido el vestido.
La mujer que hemos visto sentada en la poltrona cerró el manuscrito que leía y dijo a la otra en tono afable.